Periodismo y elecciones: reflexión para una cobertura responsable. Taller con Javier Ponce

Javier Ponce

28 de septiembre de 2006

La realización de una cobertura responsable en torno a las elecciones, pasa por determinar con claridad cuáles son los elementos más importantes de la coyuntura política, de modo de colaborar a que nuestros receptores no se confundan en un conjunto de ofertas de oportunidad, como si se tratase de un baratillo de mercado. Y si bien vamos a referirnos a las elecciones de este 2006, debemos tomarnos la experiencia como una forma de avanzar en la aplicación de actitudes enriquecidas frente a los procesos políticos, sujetos lamentablemente en nuestro país a lecturas subjetivas, tremendistas y que se pierden en los detalles. Ese es el sentido de este ensayo.

El actual proceso electoral tiene algunos contenidos de gran alcance y el mayor de ellos es el referido a la reforma política, que dos de las candidaturas la plantearon en términos de la convocatoria de una Asamblea Constituyente.

Podemos, entonces, preguntarnos en primer término de dónde viene la exigencia de una reforma política y cuáles son los campos dominantes de dicha reforma.

El colapso del sistema político

A lo largo de los últimos años, los políticos han llevado tanto el cántaro a sus campos de interés que este ha acabado rompiéndose. El sistema político ha colapsado y corre el riesgo de arrastrar consigo al propio Estado y la nación.

Hay un desmantelamiento de toda la institucionalidad estatal. No hay organismos de control conformados. La reestructuración de la Corte Suprema comienza a tener fisuras y vuelve a ponerse en duda la vigencia de los derechos. No parece en el horizonte una institucionalidad que se salve.

Esta percepción de que algo estaba fallando en el sistema político no es de este momento. Durante los años noventa se intentaron varias reformas posibles hasta desembocar en la Asamblea Constitucional de 1997-98, pero los cambios no dieron resultado: participación de los independientes, robustecimiento del presidencialismo, reconocimiento de derechos colectivos; todas estas reformas se quedaron en el papel o no atacaron la raíz del problema: un sistema político que ha sido deformado por los partidos políticos hasta convertirlo en un guiñapo.

Mientras tanto, las únicas instituciones públicas que conservan una cierta legitimidad y grado de representatividad son los gobiernos locales. Pero a ellos les asfixia la ineficiencia en la ejecución de la descentralización y el traspaso de todas las competencias que no son exclusivas del estado central.

Frente a este hecho, los llamados a realizar la reforma política y constitucional, los parlamentarios, ahogan cualquier intento de reforma. Por tanto los congresos no cambiarán las reglas del juego y la Constituyente que proponen las candidaturas se vuelve un imperativo político, a pesar de todas las dificultades jurídicas para su convocatoria. Dos elementos la explican legalmente: para convocarla, se vuelve al origen de la legitimidad democrática: la consulta popular; se trata de un hecho excepcional, por lo cual no está considerada en la legislación constitucional.

El lento desmoronamiento desde 1978

La Constitución aprobada en 1978, fue producto de un acto plebiscitario, lo que le dio mayor legitimidad a la vigencia de la democracia a través de una consulta popular que robustezca el sistema político. Aquello permitió también la vigencia plena de los procedimientos constitucionales para racionalizar la vida política; y afianzar la institucionalidad como el vehículo para la participación.

Se comenzó a concebir y establecer una La ley de partidos políticos como el eje de aquella legitimidad institucional y concebida como:

el camino obligatorio para la participación;

el filtro para canalizar la demanda social heterogénea;

la renovación periódica de las dirigencias para evitar el caudillismo;

la capacitación y formación constante de líderes;

la existencia de una doctrina y un programa;

el carácter nacional de los partidos;

Sin embargo y en la práctica, el sistema de partidos no modificó el carácter oligárquico de las organizaciones políticas; los partidos (derecha y populismo) se convirtieron en vehículos del corporativismo, incumplieron sus obligaciones de democracia y formación internas, persistió el caudillismo, continuó su fragmentación que tampoco es nueva, tiene origen en un fenómeno histórico en virtud del cual todos los partidos durante el siglo XX fueron fracción de tres matrices: conservador, liberal y socialista.

Como consecuencia, se deteriora la legitimidad del sistema político, los partidos se sustentan y crecen a partir del ejercicio de la oposición radical al partido de gobierno y el conflicto ejecutivo-legislativo se convierte en el eje de la ingobernabilidad. Se practica la oposición en vez de la co-responsabilidad. No hay gobiernos de partidos. Vivimos un movimiento pendular: el partido en el gobierno se desgasta y crece el partido de la oposición.

Ocupados en administrar la crisis, los gobiernos, particularmente del centro hacia la izquierda, se desentienden de la representación. La centro izquierda se desmorona con las políticas de ajuste sin responder a la demanda social y sin poder cumplir sus postulados ni gobernar con consensos. Esta tendencia, obligada por el fracaso del gobierno, se rompe. La derecha aprovecha la crisis de centro izquierda para impulsar el desmontaje del Estado. Su autoritarismo pone en crisis la institucionalidad (decisiones por sobre la legalidad y utilización de los tribunales de justicia en función del juego político).

Los partidos pierden sus referentes sociales. Se disgregan y surgen fracciones de los partidos. Se corrompe el principio de las alianzas y los consensos. Surgen mecanismos informales o para-institucionales para tratar las demandas sociales y los conflictos y las grandes movilizaciones no alcanzan una agenda política y se revuelven contra los partidos (hasta el extremo de abril 2005), sin continuidad ni consistencia. Se agudiza el papel dirimente militar: la fuerza del "retiro de apoyo al gobierno" como factor decisorio en las crisis del presidencialismo.

Finalmente el populismo da el tiro de gracia con una violenta desinstitucionalización del país con el triunfo de Abdalá Bucaram. Luego ese mismo populismo se desgastará y pasará a manos de Álvaro Noboa y Lucio Gutiérrez.

Es así como renace la idea de la reforma política que se intentó con fallidas consultas populares, hasta la Asamblea del 98 que se centra en dirimir el conflicto ejecutivo-legislativo. Paradójicamente la nueva Constitución fortalece el presidencialismo y debilita al presidente. No reconstituye el sistema de representaciones y lo oculta bajo el reconocimiento formal de derechos colectivos a los nuevos actores sociales: indios, mujeres, ecologistas, derechos humanos.

Los gobiernos de Noboa, Gutiérrez y Palacio vuelven sistemáticamente a actualizar el tema de la reforma política.

De ese modo, y luego de sucesivas crisis irresueltas, nos encontramos en un grado cero de la democracia. Cada sector busca el escenario para imponer sus demandas por fuera de las instituciones y las leyes.

Ante las excrecencias del ejercicio político y de su sistema, la reforma política se vuelve irreversible.

¿Cuáles son los ámbitos de esa reforma:

-El ámbito de la representación y la participación;

-el ámbito de la independencia de los poderes constitucionales;

-el ámbito de la descentralización;

-el ámbito de la co-responsabilidad de los poderes en la gestión administrativa

-la reforma militar.

Frente a este panorama coyuntural y antes de entrar al papel específico del comunicador, nos formulamos algunas interrogantes:

¿Puede la clase política representada en el Congreso reformarse a sí misma?

¿Aquello de la partidocracia y de la oposición a los partidos significa que existen otras formas de participación en democracia que sean capaces de condensar una demanda social tan heterogénea y que actualmente se expresa por fuera de la institucionalidad?

¿Estamos ante una sobrepolitización de la sociedad ecuatoriana, una saturación, o se trata más bien de una ausencia de vida política?

¿Es posible pensar en una democratización de la política sin pensar en una superación del corporativismo, del prevendalismo y de otras formas que adquieren los intereses de grupo para medrar del Estado? ¿Es independiente la reforma política de una política económica?

¿Se resuelven los vacíos de representación con la descentralización y autonomías?

¿Por qué no surgen de la sociedad civil otros liderazgos y partidos políticos? ¿Cómo se comportan los medios frente a los ciudadanos, cómo se relacionan con ellos, si pensamos que de ellos pueden surgir los nuevos liderazgos, y teniendo en cuenta que al menos dos de los medios, los impresos y la televisión, no contemplan una comunicación de ida y vuelta?

¿Es suficiente condición para la reforma el agotamiento del sistema y la disolución del Estado? En otras palabras, ¿el vacío político genera por naturaleza espontánea nuevos contenidos o las crisis pueden prolongarse indefinidamente?

El ejercicio de la información y la ética

El llamado a la ética en la labor del periodista es una constante de todos los que abordan las obligaciones y derechos del comunicador.

En el caso de la cobertura de elecciones, podríamos establecer un primer campo ético, de Perogrullo, caracterizado por lo siguiente:

• no vincularse a una candidatura

• no convertirse en candidato

• mantener independencia y objetividad

• proteger la credibilidad

• no confundir su papel de fiscal con el de juez

• recoger las versiones de todos los implicados

• cualificar la fuente de información

Pero existe otra campo de la ética que podríamos llamarlo el de una "ética activa" y que parte del concepto del ejercicio del periodismo como producción social de sentido.

¿Qué implica esta "ética activa"?

Está en primer término, la aplicación de unas normas de estilo elementales: ser claro, completo (quién, qué, cómo, cuándo, dónde), directo. El éxito en el estilo no depende del formato y el lenguaje que se utiliza, depende de la comprensión que el periodista tenga de la materia que aborda.

Después, hemos de atender a la contextualización: todo hecho es relativo a… Toda valoración sin contexto desinforma o interpreta con perversidad, subraya ángulos de una situación de manera subjetiva. Pero no confundir la contextualización con la introducción de algunos pocos elementos de la realidad circundante al hecho, para que la disfracen. La contextualización busca fortalecer la intención del periodista. El sensacionalismo está reñido con la contextualización. Al aislar un hecho lo debilitamos de tal manera que podemos hacer lo que quiera con él, desvirtuarlo, manipularlo.

En tercer lugar, se trata de proponer escenarios de reflexión, no pronunciándose a priori sobre los hechos a partir de una percepción parcial. Igualmente, no convertir la confrontación de fuentes en una manera de neutralizar la información. La confrontación responde a la necesidad de evidenciar una situación política o económica. Debe quedar clara la intención del periodista, pero la intención de informar mejor y no de inducir a posiciones personales del periodista.

La agenda propia del medio debe surgir de un análisis a profundidad de una realidad y de las distintas voces que se manifiestan en ella. Se trata de construir con la sociedad una agenda pública. Con frecuencia ocurre que los medios construyen su agenda a partir de sus intereses o de las posiciones ideológicas o políticas que asuman. Tampoco se trata de que el modo desordenado en el que los hechos se producen sea el único elemento a considerarse al momento de trazarse la agenda del medio, asumiendo una actitud puramente reactiva o supeditada a los discursos oficiales.

No confundamos la actitud crítica del periodista o incluso su escepticismo, con la práctica de poner zancadillas al político entrevistado o buscar que caiga en contradicciones. Es indispensable acudir al político con los suficientes antecedentes que permitan una transparentación del personaje. Crear el escenario para la aproximación del político con la sociedad conduciéndolo a la transparencia y la claridad programáticas.

Finalmente, es necesario incorporar las voces de la sociedad, de los actores sociales, al proceso de informar. Los medios, con frecuencia, no mantienen un flujo permanente con las organizaciones de la sociedad civil. Buscan recoger sus opiniones de manera fragmentaria y para efectos de generar contrapuntos.

Pero la ética en el periodismo tiene límites. El genial escritor alemán Walter Benjamín, escribía en las primeras décadas del siglo XX:

"Si la prensa se propusiese proceder de tal forma que el lector pudiera apropiarse de sus informaciones como partes de su experiencia, no alcanzaría de ninguna forma su objetivo. Pero su objetivo es justamente lo opuesto y lo alcanza. Su propósito consiste en excluir rigurosamente los acontecimientos del ámbito en el cual podrían obrar sobre la experiencia del lector. Los principios de la información periodística (novedad, brevedad, inteligibilidad y, sobre todo, la falta de toda conexión entre las noticias aisladas) contribuyen a dicho efecto tanto como la compaginación y el estilo lingüístico. Karl Kraus ha demostrado infatigablemente cómo y hasta qué punto el estilo lingüístico de los periódicos paraliza la imaginación de los lectores. (…) Existe una especie de competencia histórica entre las diversas formas de comunicación. En la sustitución del antiguo relato por la información y de la información por la sensación se refleja la atrofia progresiva de la experiencia (…) La narración no pretende, como la información, comunicar el puro en-sí de lo acaecido, sino que lo encarna en la vida del relator para proporcionar a quienes escuchan lo acaecido como experiencia".

Las palabras de Benjamín provocan algunas reflexiones: los medios no generan experiencia en el lector o espectador o radioescucha. Los hechos siempre son ajenos y los "otros" existen únicamente como los generadores o afectados por los hechos.

Las informaciones sobre la violencia no crean en el receptor la experiencia viva de la violencia que le conduzca a comprometerse por la paz. La violencia informada es violencia de los otros en los contextos de los otros. Los medios, al tiempo que escenifican los hechos de la manera más directa, paradójicamente los alejan del receptor de modo que no se incorporen a su memoria y a su experiencia de vida.

El medio coloca de entrada al receptor en un estado emocional de bloqueo a la experiencia. No estamos dispuestos a interiorizar la experiencia que encierra el acontecimiento.

El concepto mismo de modernidad parecería estar en contradicción con la vivencia de la experiencia y su almacenamiento en la memoria.

Una información impacta al receptor para producirle un shock pero no es incorporada por la memoria en cuanto conservadora de la experiencia originada en el hecho; la información se queda en el recuerdo, que, a diferencia de la memoria, se diluye, se cristaliza (recordamos en Tsunami o la erupción del volcán Ruiz pero no se ha modificado la experiencia del receptor en su relación con la naturaleza). Esta diferenciación entre memoria y recuerdo, y a la vez la relación entre memoria y conciencia, me parece fundamental al momento de evaluar los medios.

Los formatos de la información: la variedad, la fragmentación de la realidad, el aislamiento del hecho, la ausencia de seguimiento sistemático sacrificada en función de la novedad actúan como formas de de-socialización de una sociedad y del receptor en cuanto sí mismo, enfrentado solo al medio de información.

La información, a diferencia de géneros literarios como el relato, no deja espacio para más de una lectura. Es un contenido y una forma lineales, lo más simples posibles, no deja espacio para la imaginación porque el hecho está descrito con los elementos necesarios para tomar una fotografía del acontecimiento.

Finalmente, este texto de Walter Benjamín pone en cuestión toda la propuesta del papel del comunicador en la creación de opinión pública en cuanto respuesta de la sociedad ante una experiencia asumida, o del comunicador como líder de opinión y orientador de su público. Y con frecuencia, la práctica de ese rol de líder la ejercitan nuestros periodistas en el ámbito retórico, en el discurso, en la moraleja.

Informar en un país en crisis

Con todos estos elementos sobre la coyuntura política, las desventuras de la reforma y el comportamiento del comunicador, podemos formularnos una última pregunta: ¿Cuál puede ser el papel del periodista en un país que vive una aguda crisis de representación, y cómo entender, en esas condiciones, su objetivo de formación de la opinión pública y de enlace entre la sociedad y el Estado en la construcción de lo público?

La primera respuesta ahondará en la condición del periodista como parte de esa aguda crisis de representación que afecta a toda la institucionalidad dentro y fuera del Estado.

¿A quién representamos finalmente?

Otra respuesta irá en dirección a señalar algunas tareas que tienen que ver con el ejercicio ético del periodismo y que comienzan por vencer el temor a tomar partido frente a los hechos, a definirse y ejercitar una forma activa de participación ciudadana.

Aquello puede incluir algunos preceptos básicos: Rescatar los valores éticos, cívicos y morales; construir ciudadanía; ejercer la tarea de fiscalizadores de lo hecho y lo no hecho promoviendo veedurías sociales; exigir el cumplimiento de la Ley de acceso y transparencia de la información y ponerla en práctica; abrir el abanico de actores y opiniones con voces nuevas; cumplir con los códigos de ética profesional; poner en vigencia controles y veedurías internas a los medios; propender a que periodistas y medios sean el canal mediante procesos democráticos que propicien la equidad y la justicia social.

En síntesis, quisiera insistir en la necesidad de establecer con claridad los contenidos y los valores de la coyuntura electoral, no confundir al receptor que es, al mismo tiempo, el elector, asumir posiciones sin miedo a falsas concepciones de la "independencia" y la "neutralidad" y aplicar una ética activa.

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