La fotografía en presente de indicativo

Cristóbal Zapata

Iberia Square, noviembre de 2005

El fotoperiodista no busca por principio capturar el “momento estético”, sino lo que podríamos llamar el “instante revelatorio”, cuando la existencia –elevada, distraída, concentrada en su misión o en su circunstancia–, deja ver esa faz hermosa o terrible que constituye su íntima y profunda verdad.

En esa vocación y predisposición para captar el dato fugitivo, como en la elección del objeto, del encuadre, de la estrategia compositiva que el reportero gráfico debe adoptar y resolver sobre la marcha, hay una secreta voluntad artística –siempre de fortuna diversa–, que algunas veces hace de esos instantes revelatorios algo más que testimonios visuales de los pasajes cruciales en la historia de los individuos y los pueblos. Ese imperativo por aprehender y descubrir el momento único e irrepetible de los acontecimientos públicos y privados confiere a muchas fotos el carácter de epifanías de la cotidianidad, pues traen a nuestra mirada algo que rebasa la información periodística para ofrecernos de manera explícita o velada el cúmulo de sensaciones y emociones consustanciales a la aventura de la vida, cuya fuerza estriba precisamente en trascender la noticia y la coyuntura: el gozo, el miedo, la gloria, el dolor, la ternura, la incertidumbre, la derrota, el amor o la muerte.

Estas reflexiones preliminares se imponen tras recorrer la exhibición El ojo detrás del lente: visiones del fotoperiodismo, estimulante recuento y selección del género en el Ecuador, patrocinado por “Símbolos de Libertad” (el encomiable programa corporativo de ITABSA) que cuenta con el apoyo del Archivo Histórico del Banco Central del Ecuador, la Fundación El Universo y el diario El Mercurio de Cuenca. Aunque la muestra no tiene ni podría tener un carácter totalizador –seguramente podrá reclamarse la ausencia de algunos fotógrafos–, y como toda exposición vasta acusa cierta desigualdad a la hora de juzgar la relevancia o excelencia del material elegido, la ambición del proyecto, la variedad de autores y tópicos, el cuidadoso montaje –organizado en pequeños paneles temático-narrativos, y portafolios de autor– donde sobresalen los novedosos e ingeniosos dispositivos museográficos desplegados, convierten su recorrido en una rica experiencia informativa y emotiva.

Por lo pronto, la muestra hace visible la gran tradición del fotoreportaje en el Ecuador. A estos cronistas de la mirada (muchas veces anónimos, extranjeros radicados en el país, o de paso entre nosotros), debemos algunas imágenes emblemáticas de nuestra identidad y de nuestra memoria visual: aquellas barricadas de los combatientes liberales en las calles céntricas de Quito (Benjamín Rivadeneira, 1853); el cadáver de García Moreno asesinado a cuchilladas, rodeado de su escolta; Alfaro junto al empresario Archer Harman (ambas de fotógrafos desconocidos); el inusual recibimiento –con shorts y en la playa– que el Presidente Carlos Julio Arosemena ofreció a los funcionarios de Fidel Castro (Luis Arévalo, 1962); el furibundo jab de derecha que el diputado Carlos Plaza Aray propinó a su colega Lenin Rosero en el pleno del Congreso Nacional (Rodrigo Zapata, 1985), son algunos momentos de la tragicomedia de nuestra vida política y forman parte de nuestro acervo mnemónico, de nuestra fototeca colectiva. Y otras, de menor circulación, pero igualmente significativas: la suscripción del Protocolo de Paz y Límites en Río de Janeiro, donde el canciller Tobar Donoso –hundido en un sillón estilo imperial– luce derrotado y desolado (anónimo, 29 de enero, 1942); Richard Nixon cortándose el cabello en una peluquería de la capital (Luis Pacheco, 1958); el presidente Velasco Ibarra y su esposa mirando azorados una piedra lunar expuesta en la Casa de la Cultura (Luis Mejía, 1970), el diputado León Febres Cordero, acomodando su pistola en la cintura dentro del recinto legislativo (Marco Sandoval, 1980). Más recientes y presentes: Jefferson Pérez agitando sobre su cabeza la bandera ecuatoriana en Atlanta (Dolores Ochoa, 1996); el grito del futbolista Iván Kaviedes en el Estadio Atahualpa, celebrando el gol que llevaría a la selección nacional a su primer Mundial (Dolores Ochoa, 2001), Fernando Quiñónez rescatando a una madre y sus hijos de una casa en llamas (Francisco Bravo, 2000) el agente de la policía judicial que conduce a un presunto implicado en el caso Fybeca (Martín Herrera, 2003).

Pero junto a los grandes acontecimientos, a las gestas y gestos heroicos o canallas que comprometen y conmocionan la vida social, cultural y política de la colectividad, están los pequeños sucesos, los dramas individuales, las historias secretas que incumben a los misteriosos movimientos del corazón. En ese aparatado están para mi quizá las tres fotos más estremecedoras de esta exposición, las tres tienen como sujetos presentes o ausentes a los niños, y han sido tomadas, mejor dicho, ocurren –en tanto vuelven a suceder cada vez que las vemos o recordamos– en Guayaquil: el pastor evangélico William Mejía –imbuido de una fe y un amor infinitos–, jugando con su pequeña hija Erika en la Unidad de Quemados del Hospital Pediátrico Roberto Gilbert (Patricio Terán, 2002); el precario cortejo funerario de una niña hallada en un basural, en el que un payaso se ha sumado espontáneamente para cargar el diminuto féretro (Francisco Ipanaqué, 2002), y aquella captada en una sala del Hospital Psiquiátrico Luis Vernaza en la que a un niño desnudo, que acaba de arribar al lugar –tras ser liberado de un estúpido y cruel cautiverio- abraza a un antiguo interno recostado en su lecho de tinieblas (Francisco Bravo, 2002). Fuera de todo patetismo o manipulación sentimental, estas fotos son elocuentes epifanías, momentos en los que la realidad ordinaria ha adquirido una dimensión sagrada, trascendente; dimensión revelada gracias al lente del fotoperiodista que ha sabido correr el velo que la cubre, develándola en el momento preciso. En un mundo apestado por el crimen, en un estado de sordidez y frivolidad planetarias, estas historias de muerte y resurrección son lecciones de amor y solidaridad ejemplares e imborrables, pues ese instante que estos sensibles y oportunos fotógrafos han preservado y salvado de la fugacidad ya no desaparecerá de nuestra retina, es decir, de nuestra alma.

En realidad, las fotos que tienen a los niños por protagonistas, están entre lo mejor de la muestra, y constituyen una antología aparte. Comentó dos más: el muchacho que durante una pausa en la zafra, deja a su madre exhausta a sus espaldas, para acercarse a la cámara de Pablo Corral, curioso y expectante, como si esta fuese a salvarlo del hambre, del cansancio, de la indescriptible desesperanza que lo atraviesa, y el niño semidesnudo en la noche guayaquileña, con el magro cuerpo dorado, ganándose la vida en medio de un traficada autopista: estatua de carne y hueso, infame monumento de la indigencia (Lalo Calle, 2004). Hay que llenarse de un inmenso coraje para mirar a estos precoces exiliados de la sociedad del mercado, pues son la expresión palpitante y extrema de la vulnerabilidad, y son legión. Imposible no pensar en ellos, imposible ser indiferente, pero los fotógrafos nos recuerdan además que tampoco somos inocentes de su condición, y que verlos, saber verlos, tal vez sea una forma de empezar a redimirlos. Otra foto –entre las muchas que ameritarían comentarse– que llama la atención por su singularidad, es aquel primer plano de una caja con las prescripciones médicas colocadas dentro de vasitos plásticos con las tabletas respectivas, que Benjamín Chambers –el más joven exponente de esta muestra– ha registrado en el Hospital Psiquiátrico San Lázaro de la capital. Su sutileza confiera a este documento una dimensión verdaderamente conceptual, pues el dispensario es una brillante metonimia visual de los anónimos pacientes sometidos a un triste régimen narcótico.

Sensibilidad y honestidad, pasión y compromiso, las cualidades que fundamentan el oficio del fotoperiodismo están presentes en esta exhibición. Buscando la noticia, el fotoperiodista tantas veces no sólo arriesga su vida, sino a pone prueba su fibra espiritual para entrar en la cruda materia real y traernos su testimonio. Si todo fotógrafo a la hora de disparar la cámara actúa en presente: aquí o allá, pero siempre ahora; dejando de lado los reportajes documentales (que se inscriben en otra temporalidad) los registros del fotoperiodismo están hechos además para intervenir en ese tiempo absoluto que es el presente de indicativo, para ilustrar la actualidad, el acontecimiento reciente –y sus imágenes suelen ser más elocuentes que las vagas o tibias notas escritas a las que acompañan–, pero resulta –como hemos ejemplificado en estos apresurados apuntes– que buscando la verdad de la novedad puede encontrar la verdad de lo intemporal, y hacer de esa foto en la prensa diaria un milagro, es decir, ya no sólo un espacio de conocimiento, sino de reconocimiento, donde el lector-espectador se ve reflejado en ese espectro impreso, revelado. Esa es una de las posibilidades del presente de indicativo: enunciar las verdades intemporales, aquellas que no prescriben, ni pierden vigencia, como las múltiples formas del amor y de la muerte.

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