"Forajidos" y televisión: del show a la autocomplacencia
El mea culpa corporativo desatado en Ecuador a partir de las implicaciones de la Rebelión de los Forajidos ha llegado, entre gruesas comillas, a la misma televisión, que está dedicada a recuperar lo sucedido, desde su ya proverbial vocación por ofrecer un espectáculo más deslumbrante que profundo.
El periodismo de investigación no es el fuerte de nuestra televisión, en la que son escasos los ejemplos de trabajos que logran hacer aproximaciones que rebasen las manifestaciones más espectaculares de los temas y acontecimientos que presentan. (Por recordar algunos, en Día a Día, ha habido excelentes trabajos de Rodolfo Azar y en 30 Minutos Plus, Janeth Hinostroza ha dado valiosas muestras de ello).
El especial de Ecuavisa llamado La batalla de abril , emitido el 19 de mayo, a un mes de la caída de Lucio Gutiérrez y repetido el 22, fue más que otra cosa un show de imágenes "de primer impacto". El relato de "los hechos" se consumió en una cronología en la que no faltaron los consabidos efectos de la dramaturgia televisiva más ramplona –congelados, cámara lenta, efectos y acentos sonoros y musicales- que son parte de una gramática que no nos permite, -aunque el discurso de Alfonso Espinosa de los Monteros, anchor del programa insistiera varias veces en ello- tocar fondo en la reflexión de lo que hicimos los quiteños (por cierto, sin la presencia de la televisión que en el caso de esta rebelión no estuvo "detrás de los acontecimientos" sino, más que nunca, bastante más atrás de ellos).
Pero, como ya se ha vuelto costumbre, los presentadores en la pantalla, no pierden oportunidad de recordarnos que la televisión estuvo ahí. Si así fue, se han demorado un mes en procesarlo. Quienes sí estuvieron ahí fueron los ciudadanos de Quito. Porque el caso es que durante los acontecimientos de abril, en las calles, por todas partes había cámaras de video de aficionados, de productores y de documentalistas independientes y no exclusivamente las de los canales de televisión. En realidad, mucha gente filmó lo sucedido y no en pocos casos de un modo más directo y valiente de lo que lo hicieron los canales. Justamente, si algo se hizo patente en la indignación pública fue la constatación de que en la televisión no se estaba diciendo todo lo que pasaba en la calle. Lo gritaba la gente por radio La Luna, que -como canal de comunicación alternativo, junto a la internet- moduló el activismo social durante esos días.
A propósito, en un artículo del cronista de televisión Roberto Aguilar que fue difundido por internet, esa forma de actuar de la televisión informativa local quedó reseñada de forma muy clara. Dice Aguilar, "Nuestra televisión es como el perro de Pavlov: responde de manera predecible a estímulos básicos. Si la noticia es "concentración masiva", entonces instala unas cámaras en las terrazas y otras en la tarima, y entrevista a las personalidades principales. Si es una marcha, dispone unidades a lo largo de la ruta. Si en la tarima está Bucaram o Nebot o Paco Moncayo, transmite "en vivo" por espacio de tres horas. Pero si uno de esos ingredientes falta o se altera, entonces estamos perdidos porque se trata de un estímulo complejo. Y eso, para nuestra televisión, es chino. En los cacerolazos, ocurre que no hay ruta ni tarima, ni personalidad que pueda hablar ante las cámaras a nombre de la manifestación. Sin embargo, para los canales se trata de una manifestación como otra cualquiera. Grande, sí, pero igual a otra cualquiera. No saben valorar el hecho, inédito en la historia de nuestra democracia, de que esa multitud se ha autoconvocado. A esas 20.000 o más personas no las llamó ninguno de los habitúes de los estudios de TV. Ni el alcalde ni el prefecto, ni el de la colita ni los Rugrats 25, como les dicen. Se llamaron solos. Pero cuando llegan los reporteros a la Shyris, lo primero que hacen es buscar al alcalde o al prefecto (que no están), al de la colita o a Blasquito, al coronel Hernández o a los Ciudadanos por la democracia. En lugar de contar la historia de cómo ellos no tienen nada que ver con el asunto o, en todo caso, no más que cualquier otro."
¿Será que ahora la televisión, luego de que tantas voces señalaran su falta de oportunidad y participación en una información más cercana a lo que sucedió en la calle, ha decidido contar la historia que entonces no contó? Tal vez sí, como intención, pero no necesariamente en los resultados.
En estos nuevos recuentos televisivos, la espectacularidad (indudable, por cierto) de algunas de las imágenes y relatos conduce a una lectura en la que lo de menos es el significado más profundo de esos hechos. Y de alguna forma, tarde o temprano se nos presentará a sus reporteros en el centro de lo que acontece, como protagonistas. Este es uno de los aspectos más notorios de esta forma de "recuperación de la memoria" en que la historia parte de la existencia del hecho televisado. Es verdad, no es culpable la imagen de la intención con que se mira, pero insistir hasta el cansancio en plantear así las cosas –en que pareciera que lo importante no es tanto lo que sucede como que la cámara estuvo allí para registrarlo- forma parte del autocomplaciente discurso sobre el que buena parte del periodismo basa su existencia.
A algunos de nuestros periodistas de televisión parece resultarles imposible intentar nuevos caminos y nuevas formas de relación con la gente. Puede que sea finalmente una condición que está en la naturaleza misma de la televisión corporativista, es decir, de la televisión entendida como poder. Es por eso, en parte, que la gramática actual de los medios –que no por absurda, deja de funcionar- hace que resulte más "significativo" ver un millón de veces una escena, si con acentos de drama mejor aún, que entender cómo y porqué pasa lo que en ella vemos.
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